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¿Somos iguales el niño y el adulto?

Rosa Barocio

Olvidamos que el adulto y el niño sólo son iguales en cuanto a dignidad y al respeto que merecen, pero ¡no en relación a su madurez y juicio!

Me pidió una maestra que aprecio, que observara a su grupo de primer grado de primaria porque tenía problemas de disciplina. Como tenía experiencia y siempre la consideré una excelente profesora, me sorprendió que solicitara mi ayuda. Sin embargo, al acudir a su salón de clases me llamó la atención ¡cómo han cambiado los niños! Hace 20 años los alumnos de primer grado parecían ángeles bajados del cielo, que miraban a la maestra con expectación y admiración, y obedecían rápidamente con gusto. Observé algo muy distinto ese día.

Primero que nada, me sorprendió su postura: en vez de estar sentados, parecían estar echados sobre sus sillas. Como si no tuvieran control de sus cuerpos y sus extremidades les estorbaran. No podían estar callados, interrumpían constantemente o platicaban entre ellos. Prestaban poca atención a la maestra  y a sus instrucciones.

En un momento dado, ella les indicó que iba a repartir unas cuentas para  que hicieran unas operaciones matemáticas. Los niños empezaron a protestar y uno sugirió que se sometiera a votación. “Sí”, dijo un niño, “vamos a votar si nos reparte las cuentas: alcen las manos los que quieren cuentas…”  Antes de que mi colega pudiera hacer algo, los niños estaban levantando las manos.

Por supuesto que  la maestra repartió las cuentas (que por cierto les encantaron por sus colores brillantes) e hicieron los ejercicios que ella indicó.

Preguntémonos, ¿de dónde viene la idea de que los niños puedan votar? Hace años nos quedaba muy claro que sólo correspondía al adulto que tiene la madurez y el juicio. Sin embargo, en nuestro afán por defender el principio de igualdad, hemos creado una confusión. Olvidamos que el adulto y el niño sólo son iguales en cuanto a dignidad y al respeto que merecen, pero no en relación a su madurez y juicio. En este sentido, el niño y el adulto ¡no son iguales! Es claro que el niño está en proceso de maduración y no puede medir las consecuencias de sus elecciones. Sin embargo, ¿cuántas veces dejan los adultos decisiones importantes en sus manos, para después reclamar cuando las consecuencias son indeseables?

“Hijo, qué te parece esta escuela, ¿te gusta?” pregunta el padre a su hijo de 5 años. “¿O  prefieres la que visitamos ayer?”

¿En base a qué va a decidir este niño si le conviene o no una escuela? ¿Por los columpios, por el niño con que se topó en la sala de espera, por los dibujos que vio en la pared? Pero si es el niño el que decide, cuando no quiere ir a la escuela el padre puede reclamar, “Pues ahora te aguantas, ¡tú la escogiste!”

Corresponde al adulto guiar, orientar y decidir las cosas importante de la vida del niño, y asumir las consecuencias de esas elecciones. El padre se tiene que arriesgar aunque signifique exponerse al error. Cuando delega su responsabilidad, ya sea por comodidad o cobardía, desubica al hijo y lo estresa.

En países donde el niño puede demandar a los padres o maestros, es cada vez más frecuente que aproveche este derecho para amenazar cuando le ponen límites o lo regañan.  Muchas veces tanto padres como maestros se doblegan por miedo a terminar en la corte. En aras de defender al niño, le hemos dado un poder que no tiene la madurez para manejar.

Y ¿qué ocurre cuando el adulto deja de poner límites al niño? ¿Nos sorprende que permanezca impulsivo, irrespetuoso e inmaduro? ¿Usted le daría las llaves de su automóvil a un niño? ¿Por qué no? Póngale un cojín en el asiento, una extensión al pedal y estará listo. Si esto le parece absurdo, ¿por qué no nos parece ilógico que los pequeños voten y tomen decisiones que no les corresponden? ¿Qué nos espera si convivimos con niños poderosos y adultos temerosos y titubeantes? Es decir, ¿padres que en vez de tomar su responsabilidad se la ceden a los hijos?

Aprovechemos la oportunidad de guiar de manera responsable a los hijos, siendo conscientes de nuestro sentido de autoridad. Tomemos las decisiones que nos atañen y ofrezcamos a nuestros hijos la seguridad de tener un adulto bien plantado a su lado, que los quiera, apoye y  cuide.

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