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Expresarse se vale, ser grosero ¡no!

Rosa Barocio

Vivimos una época muy afortunada en la que los hijos tienen la libertad de expresión que otras generaciones nunca tuvieron. Pero eso también significa que hay que enseñarles a expresarse sin ofender o lastimar, mostrarles el “cómo”.

Me comentó una madre de familia que su hija de 8 años, al despedirse de ella para irse de campamento con su grupo de escuela, vio que lloraba y le dijo “No llores, mamá, acuérdate que los hijos somos prestados.”

Me impresionó que una niña de 8 años pudiera hacer esta reflexión, y me hizo pensar en la lucidez que tienen los niños de la actualidad, y cuántas veces nos sorprenden con comentarios que no esperamos. Cuando sus palabras nos confrontan, podemos ofendernos, o prestar atención y tomarlas en cuenta como reflejo de lo que ven en nosotros, o de lo que sienten. Hoy en día los padres tenemos muchas oportunidades de crecimiento si nos detenemos y escuchamos a nuestros hijos.

Cuando yo era pequeña recuerdo que pensaba muchas cosas pero ¡qué esperanzas de decirlas! Sin embargo, ahora vivimos una época muy afortunada en la que los hijos tienen la libertad de expresión que otras generaciones nunca tuvieron. Pero eso también significa que hay que enseñarles a expresarse sin ofender o lastimar, mostrarles el “cómo”. Porque, por supuesto, que la libertad de expresión no da el derecho de herir. Y aquí está un trabajo difícil para los padres. Tienen que validar los sentimientos y las emociones de los hijos, pero poner límites cuando es necesario. Decirles,

“Hijo, te quiero escuchar porque para mi es importante lo que sientes. Pero no puedo permitir que seas grosero. Me puedes decir lo que piensas sin faltarme al respeto.”

“Entiendo hija que estés enojada.  Con mucho gusto podemos hablar pero una vez que las dos estemos calmadas.”

“Sé que lo que hizo tu hermana te enfureció y lo quiero aclarar contigo pero no puedo permitir que le pegues.”

Es importante apreciar esta nueva libertad que tienen los hijos para expresar lo que sienten, lo que quieren, lo que les molesta, lo que les atemoriza… Al permitírselos, nos conectamos de corazón a corazón con ellos y se sienten tomados en cuenta. Se sienten comprendidos y “vistos”, y limamos asperezas que de otra manera se convertirían en resentimientos que después cuestan sanar. Al dejarlos expresarse abrimos la puerta a una nueva posibilidad de relación, a través de cultivar un acercamiento amoroso para que al crecer y madurar, nos busquen porque se sienten en confianza y disfrutan nuestra compañía. A diferencia de que lo hagan por obligación o porque se sienten culpables.

Conforme pasan los años me doy cuenta que las relaciones significativas no son muchas, que la amistad es algo precioso que tenemos que valorar, cuidar y cultivar. Tenemos que empezar a sembrar ahora en nuestros hijos, a través del respeto, la apreciación y la constante comunicación para que cuando sean adultos cosechemos una relación de cariño que perdure a través de la distancia y del tiempo.

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