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Educando con el corazón

Rosa Barocio

La cabeza razona y analiza, pero es el corazón el que comprende, el que perdona y el que es compasivo. Es el corazón el que aprecia lo que realmente tiene significado y hace a un lado lo intranscendente. Es el corazón el que valora y ama.

 

Educar con el corazón quiere decir ver más allá de las apariencias, más allá del comportamiento y más allá de las limitaciones del niño. Significa tocar su parte esencial, aquello que lo hace diferente y único. Porque cuando logramos acercarnos, libres de prejuicios y expectativas, entonces, tenemos la oportunidad de que él nos muestre quién es. Cuando se siente aceptado y respetado se abre y palpamos su ternura, su frescura, su inocencia y su calidez.

La cabeza razona y analiza, pero es el corazón el que comprende, el que perdona y el que es compasivo. Es el corazón el que aprecia lo que realmente tiene significado y hace a un lado lo intranscendente. Es el corazón el que valora y ama.

Educar con el corazón significa educar en el amor. Pero desgraciadamente nuestro amor muchas veces está contaminado con enojo, resentimiento, miedo y culpa. Está teñido de autoimportancia y manipulación. Entonces ese amor, en vez de nutrir, de dar seguridad y un sentido de pertenecer, hace daño. Como el agua que aunque es indispensable para la vida, si está contaminada puede enfermarnos e inclusive matarnos.

Entonces, ¿cómo podemos ofrecer un amor más puro, que realmente alimente la autoestima de nuestros hijos y alumnos? Primero, tenemos que conectarnos con nuestras emociones y sentirlas. Darles un lugar en vez de ignorarlas, negarlas o taparlas. Porque cuando reprimimos una emoción, cualquiera que sea, se vuelve negativa, pues al no darle salida se torna destructiva. Imaginemos a estas emociones como la presión que se acumula en una olla express que le tapamos la válvula. Si se junta suficiente presión, explota; de la misma manera que un cúmulo de emociones reprimidas se convierte en una enfermedad física, como puede ser la gastritis, la migraña, o el cáncer; o en una enfermedad emocional como la depresión.

Cuando reprimimos nuestras emociones o las expresamos de maneras inadecuadas (con gritos, insultos, humillaciones o violencia) nos dañamos a nosotros mismos y a las personas que más queremos, y les enseñamos a repetir lo mismo. Y es así que perpetuamos esta cadena de maltrato.

Si queremos que nuestro amor no quede enterrado bajo el enojo, el miedo o la culpa, tenemos que reconocer nuestras emociones y aprender a expresarlas sin lastimar.

Si deseamos educar con el corazón, tenemos que conectarnos con lo que sentimos para dar a los hijos ese anhelo de crecer y ser mejores personas. Entonces podremos contagiarles el entusiasmo y la pasión por vivir y el aprecio y la gratitud por la vida. Estaremos por fin cortando las cadenas de dolor y de maltrato para permitir que las generaciones siguientes se desarrollen con mayor libertad.

Revisemos nuestras prioridades y demos valor a lo que realmente lo merece. Reconozcamos la oportunidad que nos proporciona la convivencia diaria con los hijos para abrir nuestro corazón y dar lo mejor de nosotros mismos.

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